11.26.2012

Heimo Zobernig: «Sin la escenificación, el arte no se ve»

Heimo Zobernig
Palacio de Velázquez. Parque del Retiro. Madrid. Hasta el 15 de abril.
De 10 a 18 horas. Todos los días. 


















El artista austriaco Heimo Zobernig (Mauthen, Austria, 1958) presenta una colección de obras realizadas entre 1987 y 2012 en el madrileño Palacio de Velázquez. Para ello desnuda la estructura del edificio –que el propio artista considera parte de la muestra– apropiándose de un espacio diáfano que dispone su trabajo, permitiendo múltiples lecturas y distintos recorridos. Lo que allí encontramos son un conjunto de obras pictóricas, escultóricas, vídeo, instalaciones e intervenciones arquitectónicas, combinando en alguna que otra ocasión más de una técnica para desarrollar una pieza.

La singularidad de la disposición de las obras, que giran alrededor de una teatral estructura rectangular de esqueleto metálico rodeado con un telón negro, permite que el clásico despiste acerca del correcto recorrido de la exposición no condicione el disfrute y las lecturas de la misma. Sólo dos naves situadas en dos extremos de la sala y una estancia al fondo –que acoge el único vídeo de la muestra–, acotan el espacio de manera permanente.

El planteamiento expositivo de Zobernig no contempla demasiadas obras colgadas directamente de la pared y cuando esto se da, esta suele estar forrada de cortinajes o telas que les otorga una cierto carácter escenográfico. Este es el caso de una serie de pinturas que aparecen en primer lugar del recorrido. Obras en su mayoría de gran formato que utilizan una paleta de color limitada llegando incluso al monocromo, utilizando acrílico y óleo. Heimo genera en estas una serie de tramas mediante plantillas tipográficas y cinta adhesiva que aplica y retira en sucesivas capas y que dejan huella en la obra mediante una suerte de rastro postpictórico. Un conjunto de pinturas abstractas que en ocasiones ocultan mensajes que se descifran cuando el espectador toma cierta distancia con respecto a el cuadro. Lemas como “Fuck Painting Sculpture” ofrecen algunas pistas sobre las lecturas del trabajo del artista. Acotando el espacio por el lado contrario al de las pinturas el artista sitúa dos obras: un gran estructura poligonal de madera y yute y, un cubo enrejado en negro que contiene, a su vez, una serie de 7 lados dispuestos con ruedas sobre la base de manera paralela y equidistante. Estructuras que se presentan ante el público como “arte por el arte” pero que encierran críticas a ciertos relatos de la Historia del Arte.

En ese ejercicio de reversos y anversos de Heimo, consistente en desnudar el espacio expositivo para generar el suyo propio, utiliza un tabique de grandes dimensiones de una exposición anterior (15 metros ancho por 5 de alto aproximadamente), que crea una estancia que acoge seis obras. Un conjunto de esculturas minimalistas compuesto por cuatro poliedros y un cilindro. Unos pasos más allá se ubica la sexta obra, donde una maraña de cartones de rollos de papel higiénico acabados y dispuestos sobre un pedestal parecen descargar la sensación de rigidez que el tabique otorgaba a las anteriores. 

Pocos metros más allá encontramos una estructura de andamios metálicos de gran altura y significativa base –que recuerda a una obra de arte minimalista–,  que aparece panelada en tres de sus cuatro caras con lienzos. En dos ocasiones se trata de una retícula de acrílicos y óleos donde juega de nuevo –a todo color en esta ocasión– con la tipografía. En otra, y de manera más abstracta, combina pintura acrílica con cristales de Swarovski.

En ocasiones resulta interesante observar una obra, desde una perspectiva distinta a la deseada por el artista, como la siguiente pieza que se presenta de repente de espaldas a nosotros. Pero, y tras un simple panel de media altura, aparece esta obra que nos remite inmediatamente a un ámbito arquitectónico. Compuesta por un base de aglomerado, y sólo cerrada en altura por uno de sus lados, Heimo coloca una mesa y una escalera que no lleva aparentemente a ningún sitio.

Llega ya el turno de entrar en las estructura de cortinajes negros que funciona como núcleo de la exposición y al que el artista ha querido dotar de tanto protagonismo. En su interior se presentan una sucesión de lienzos -tratados y sin tratar- que suman 10 en total y que generan superficies planas en cuanto al color –blanco y negro fundamentalmente–.  Esta simplicidad invita a imaginar la obra de arte ideal (la personal de cada uno), pensamiento extraído por la teatralidad en las que el autor las ha pretendido enmarcar.

Quedan todavía una serie de piezas que permiten un recorrido independiente. Algunas se encuentran situadas en alguna de las estancias aisladas del espacio expositivo y que cronológicamente son más antiguas. Una sala de grandes dimensiones, a la que tenemos que acceder a través de un cortinaje rojo, acoge un vídeo sin sonido realizado en colaboración con Bernhard Riff. En el medio de dicho espacio se encuentra situado un banco perpendicular al vídeo que consiste en una proyección de cortinas rojas similares a las que circunscriben la sala en un lateral y que componen un gran degradado de colores cálidos.

Por último, dentro de las dos naves de los extremos paralelos de la sala, encontramos una sucesión de obras de principios de los 90s. En una de las naves se suceden tres piezas en distintas salas: la primera compuesta por una serie de láminas de aluminio que conjuntamente construyen un gigante espejo. La segunda por una serie de seis tableros de aglomerados circulares que obligan a un movimiento zigzagueante para visionarlos. La última está compuesta por una estructura de madera acotada en un extremo por un lámina semicircular blanca. En la nave opuesta se exponen, en primera estancia, un "cubo negro" realizado en cartón de 3 metros de diámetro por 4 de altura. A continuación una pieza realizada en tableros de aglomerado sobre listones de madera que permite entrar por uno de los cuatro lados y donde la salida se debe de realizar forzosamente por el mismo que da acceso. Heimo coloca un banco en el medio de la estructura que desconcierta –no sabemos si podemos sentarnos–. Por último un sala vacía donde sólo el suelo aparece intervenido mediante un enmoquetado negro pone de nuevo de manifiesto la investigación del artista alrededor de los mecanismos expositivos y algunos relatos de la Historia del Arte que reinterpreta mediante una economía de medios, metodologías y materiales.

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Roberto Vidal


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