11.27.2012

Heimo Zobernig


En el Retiro, encontramos el Palacio de Velázquez, cuyo decimonónico interior, hoy blanqueado, alberga la exposición del internacional artista austriaco Heimo Zobernig (Mauthen 1958). Retrospectiva organizada por el Museo Reina Sofía, y que podrá visitarse hasta el 15 de abril del 2013.


La distribución de las obras, que van desde mediados de los ochenta hasta la actualidad, se dispone en este caso de forma peculiar, ya que la articulación de la “gran sala principal” (sustraída de sus tabiques originales), se parcela con telones y una gran estructura metálica, creando un nuevo espacio, o espacios arquitectónicos, de carácter efímero. También es de destacar, en lo que al montaje expositivo se refiere, la relación que guardan las piezas con el contexto estructural del lugar, con el que en determinadas ocasiones interactúan, mientras que en otras casi pasan a formar parte de él. En una exposición de corte minimalista en la que la escasez objetual no es precisamente el hilo conductor de la misma.
Re-componiendo a grandes rasgos mi caminar por el espacio, destaco unos lienzos cuadrangulares nada más entrar a mano derecha. El primero presenta una dicotomía o especie de debate entre líneas curvas que forman una gran maraña, y otras rectilíneas, que subdividen ciertas zonas del espacio pictórico a modo de cuadrícula. Todo ello manifestado con azules ultramar, verdes vejiga, negros y blancos en cuya factura apreciamos el uso de la brocha o la espátula como elementos de ejecución. Seguido de un tríptico de reminiscencia monocromática, en él que azul Klein se hace notorio, bajo diversos compuestos pictóricos como son el acrílico o el óleo. Apreciando sutilmente entre la región plástica una serie de palabras espetadas casi como enunciado artístico-político: “FINANCIAL TRANS ACTION TAXI”, “FUCK PAINTING SCULPTURE” y “PAINTING PAINTING PAINTING MONOCROME”. Tras descifrarlas e intentar dilucidar aquello que nos quiere contar el autor o por otro lado lo que nos evoca, caemos en la cuenta de que no estamos observando unos meros cuadros, sino que el papel de embalaje (de azul más claro) sobre el que se encuentran, hace que las propias pinturas se integren, volcándose a ser instalación. Discurso que veremos repetido en la retrospectiva con pequeños matices.
Sin quererlo, la vista se vuelve hacia dos grandes piezas que se situan próximas al centro del espacio. A la izquierda un gran contenedor; interesante a tener en cuenta metalingüísticamente, pues considero que el contenedor y el continente, así como el significante y el significado son aspectos fundamentales en el discurso de esta exposición. Un grandilocuente archivador de lienzos vacío. Jaula metálica de grandes dimensiones, que sellada, se exime de su función, haciéndose aquí presente la materialidad de la ausencia.
A su derecha, una construcción poliédrica (24 caras) de similares dimensiones conformada a partir de múltiples bastidores que sustituyen el lienzo por arpillera, que sorprendentemente traslúcida nos permite dilucidar las partes de la pieza que se ocultan tras ella. La estructura de madera queda al descubierto. Aquello que siempre se tiende a ocultar. El dentro y el fuera, lo que se puede ver, pero a cuyo interior no se puede acceder.
Por primera vez salimos de la “gran sala principal” y nos introducimos en una de la habitaciones, blanca, blanquísima, en la que destaca el color del suelo compuesto por una moqueta marrón oscura, pintada con acrílico. Si nos fijamos, apreciamos diferentes tonalidades provocadas por el desgaste con el paso de los visitantes sobre la obra. Elemento heraclitoiano, en continuo cambio, en la que el espectador interviene la pieza contribuyendo a su modificación o bien visto de otro modo, a su degradación progresiva. Gran umbral de una habitación reducida, con un intenso olor a madera, donde se instala una pieza formada a modo de puzzle por varios tableros de aglomerado, que juegan con el lleno y el vacío, y que se instalan o se acoplan a uno de los bancos blancos de la exposición, a modo de gran Ready-made industrial-minimalista. Aquí se ve la mano del hombre y su forma de alterar la naturaleza y sus productos. Como también lo apreciamos, volviendo al “espacio central”, en la gran pieza-muro, a la que llegamos, tras haber observado la sala de la videoproyección silenciosa, que simulaba las propias cortinas-telón rojas, que habíamos atravesado para situarnos en el interior de ésta y en la que la única alteración del “estático” discurso lo provocaban las sombras de los visitantes. La gran pieza, formada por paneles de aglomerado, aunque recubierta con pintura blanca, nos deja ver su ensamblaje, mientras separa del resto de la sala a varios cuerpos geométricos en la línea del gran cubo negro (pero en versión reducida) que ocupa casi todo el espacio de una de las salas en la que es presentado. Cubo, ortoedro y cilindro, pintados de blanco y/o de negro,  muy satinados, nos permiten vernos reflejados, así como enmascarar su naturaleza endeble de cartón. Siguiendo este uso casi póvera o de residuo industrial, la obra que llama nuestra atención a continuación, que conforma una especie de maraña creada a partir del ensamblaje de múltiples rollos de papel higiénico, sobre un contenedor industrial de madera, podemos decir que es un ejemplo bien representativo.
Llegamos al “último trayecto”, en mi opinión de menor interés, con otra estructura metálica, que tiende a la forma cúbica y que sostiene tres lienzos, dos de ellos sobre los que se inscriben letras y otro con una nebulosa de cristales swarovsky. Para pasar a la última sala con planchas de espejo y su contigua, con una pieza semicircular que juega con la visión y la perspectiva. Para finalizar, tras una instalación “figurativa”(todo ello en la “sala principal”), en el espacio de telón negro comentado al principio con cuadros monocromáticos en su interior, de los cuales sólo en dos de ellos apreciamos el rastro del elemento con el que han sido pintados. 
En lo referido a la iluminación, es bastante apropiada y suficiente para la correcta observación de las piezas, pues la gran luz natural que entra por las cristaleras, sirve de relleno a las luces artificiales que actúan como principal. En el único lugar que esto no se cumple, es en el espacio telonado, en el que la luz natural es la principal y por tanto las calidad lumínica varía en función del tiempo.
Y aunque el discurso del artista parece esbozarse de forma clara, nos quedamos como el enunciado de toda cartela de la exposición “sin título”. Relativamente fríos y con el alma aséptica, aunque el cerebro haya quedado más o menos satisfecho.

Diego Mayoral

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