12.04.2012


Exposición: “Corazonada”
Autora: Victoria Civera
Fecha: 28 nov al 29 de dic 2012
Lugar: Galería Soledad Lorenzo, C/ Orfila, 28010, Madrid


                  
                                                                                                
“Corazonada” es el título que da nombre a la última exposición de la artista Victoria Civera en la veterana galería Soledad Lorenzo que después de su largo recorrido de veintiséis años de trabajo cerrará sus puertas el próximo 29 de diciembre.

En su sexta exposición en este espacio, se muestran una serie de obras que van desde  los ochenta hasta la actualidad en un conjunto, que según la autora, se presenta como una especie de homenaje y carta de despedida.

El primer grupo de piezas pertenece a su andanza norteamericana y concretamente al periodo comprendido entre finales de los ochenta y principios de los noventa. Creaciones de pequeño tamaño, a modo de experimentos o toma de contacto con la tridimensionalidad, que haría su presencia patente en el 93 con “Habitación anónima” y finalmente en el 94 con “Ondulada”, exposición inaugural en el espacio que hoy  visitamos. Son trabajos que denotan una búsqueda e interacción con diferentes materiales, que en muchos casos no se apartan de lo pictórico y que crean una poética de lo mínimo, presentándose con una exquisita sensibilidad de pericia femenina. Escayola, óleo o textil que se trasmutan para generar una atmósfera de materia y factura cotidiana.
Dentro de estas piezas me gustaría señalar la media henchida, a modo de ser desmayado, u objeto protésico que nos recuerda a algunas de las creaciones de Messager o de la misma Bourgeois.
A la izquierda se encuentra una amplia pared en la que se congregan una serie de múltiples grafías que remiten a los gabinetes de dibujo del XIX. Cuyo hilo temático conductor son lo doméstico, lo profesional y lo familiar, según palabras de la propia artista. Obras que han sido realizadas, en su línea, con múltiples materiales. Materiales que van desde el guache, a la tinta china, el carbón o el conté. Sobre soportes en tonalidades pastel, lisos o verjurados, opacos o traslúcidos. Como si ilustraciones del “estadio del espejo” de Lacan se tratasen. Fragmentos que muchas veces despliegan experiencias truncadas y que se materializan de formas muy variopintas, que van desde lenguajes vinculados aparentemente a la ilustración, pasando por arrepentimientos,  hasta meros bosquejos. Para mi gusto esta es una de las mejores partes de la muestra de la exposición, por su frescura y visceralidad.
Bajo el conjunto, desplazado levemente del centro compositivo, encontramos un pequeño taburete de tres patas cubierto con fieltros de diversos colores sobre el que se apoya una mariposa real. Elemento que se aprecia en algunos de sus cuadros figurativos. Todo ello parece hablarnos de la infancia. Concepto que reaparecerá de forma recurrente en esta exhibición.
Tras pasar por la habitación que presenta un gran conjunto de piezas, de nuevo, de pequeño tamaño, sobre unos pedestales de humilde fabricación (cajas de madera y unas burras), se llega a la sala del fondo donde se puede observar la pieza “sueños inclinados”. Obra que no es que sólo se descontextualice del resto del conjunto expositivo, sino que dicho chirrido histriónico, se produce de forma simétrica, creo yo, con el resto de su obra. Como afirmó la artista, la pieza compuesta por seis rampas de aluminio en zigzag: 3 que descienden hacia la izquierda, y otras 3 hacia la derecha, decoradas con franjas de colores fluorescentes en sus laterales, conmemoran las seis exposiciones realizadas con la galerista Soledad Lorenzo. Que tal vez se puede interpretar como alegoría de las subidas y bajadas de la dura carrera profesional de todo creador. Junto a ella se visualizan dos pequeños cuadros que siguen la línea matérica y cromática, blanco-negro-gris, del resto de la presentación.
Para acabar descendiendo a la parte inferior, donde llama la atención una pequeña silla de colores saturados, realizada en plástico y madera, que se encuentra de cara a la pared. Posición que obliga al espectador a observar lo que supuestamente oculta. Y si se deja seducir por la mirada en detalle, se sorprenderá con una foto bastante oscura e inteligible, en la que parecen vislumbrarse unas piedras y unas hojas, cuyo marco sin serlo, comulga con la estética polaroid. Aunque si prestamos mayor atención, lo que atrapa, es que el respaldo del asiento debido a su posición, genera una sombra sobre la fotografía. ¿Tal vez quiere hablar Victoria de algún aspecto sombrío dentro del arquetipo edulcorado de la infancia?

Considero el conjunto, exceptuando la citada pieza, cuyas rampas han demostrado ser todas de bajada. Como un amable discurso de sutilidades, en la que las vivencias nos llegan no de una forma específica, sino atmosférica. En una reflexión intimista, a veces casi de corte psicoanalítico en la que Victoria consigue dejarnos un sabor de boca que sin abandonar su carácter existencial, nos llega, creo yo, con una cierta ternura.


                                                                                                                                       Diego Mayoral
                     


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 Victoria Civera (1955), es una artista multidisciplinar de origen valenciano, cuyos comienzos se identifican con el action painting y a posteriori en el marco neoexpresionista. Recibe varias becas y premios que favorecen su desarrollo productivo. Actualmente vive en New York, lugar en el que reside desde mediados de los ochenta con su pareja, también artista. Conceptualmente habla de la mujer en la sociedad contemporánea y lo cotidiano. Su proyección es internacional y en España su obra se encuentra repartida entre múltiples museos y colecciones.

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Crítica de Victoria Civera. Julio Gracia.



Corazonada. Victoria Civera.
Galería Soledad Lorenzo (C/Orfila 5) 28 de Noviembre a 29 de Diciembre de 2012.
Lunes 16:30-20:30 h. Martes a Sábados de 11 a 14 h. / 16:30 a 20:30 h.
Entrada Gratuita.


Merecido Homenaje:

 Soledad Lorenzo cierra su ejercicio profesional. Deja tras de sí un vacío insustituible en el Olimpo de las consagradas. Muchos artistas boyantes fueron tímidos emergentes cuando expusieron en el espacio diseñado por Gustavo Torner. La fidelidad mostrada por la galería a los creadores, su apoyo en los buenos y malos momentos, la han convertido en leyenda no sólo en los círculos artísticos sino en el corazón de sus compañeros de viaje. El nombre de la exposición resulta parlante en este sentido: Victoria Civera sabía que ésta podía ser la última muestra en la calle Orfila y por eso ha preparado un homenaje a la altura de las circunstancias: una antológica muy personal con obras que en muchos casos no se encuentran a la venta y que aportan a todo aquel que franquea el umbral la sensación de hallarse en un museo antes que en una galería.

 Las piezas están hechas para acercarse y disfrutar. Conversan con el visitante en silencio. Son haikus, poemas breves vehículo de emociones intensas. Bajo el nombre de Germinal-New York se agrupan toda una serie de obras creadas por la artista entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa. Nunca mostradas fuera de su taller, ocupan la práctica totalidad de las dos primeras salas y suponen todo un ejercicio de desnudez para la poetisa. Victoria Civera entrega a Soledad Lorenzo lo más valioso para cualquier artífice y, en general, para toda persona: su intimidad. Sensitivas telas a modo de lienzo y esculto-pinturas reflejo de un periodo aún titubeante. Comienza a despertar un lenguaje volumétrico y una clara referencia a lo femenino que luego se tornarán en propios de su poesía.

 El descenso de la luz en la segunda sala acrecienta la lírica de los versos: tres sencillos cajones de madera sostienen pequeños enigmas: diarios sin páginas, formas blandas que parecen desparramarse del interior de pedestales huecos o un viejo recuerdo a los fetiches africanos en Cabeza. Por el material. Por la forma. Y por su poder latente: las tres mesas se rodean de obras de pelaje primitivo. Verdaderos tótems. Intermediarios entre el visitante y un abismo insondable. El mismo al que se enfrentaba el Viajero ante el mar de niebla de Friedrich y que parece perfilarse en estas obras: la exploración del alma humana.

 Por mucho que creamos conocer a una persona, el crisol de emociones y experiencias que configuran su personalidad forman recovecos que se nos escapan. La cotidianeidad es, por eso, una de las armas usadas para empatizar: distintos aspectos del devenir vital de la artista se plasman en los cuarenta y nueve dibujos que se extienden por los muros de la izquierda de las dos primeras salas. Fechados en el año 2003 y ejecutados con un trazo suelto que dibuja una figuración naif, presentan en algunos casos un fuerte contenido irónico: hojas negras arrancadas de un cuaderno perfilan demonios de dientes brillantes, producto de recuerdos vívidos. Su sonrisa esboza la de un lector que puede descubrir la reinterpretación -poco totémica- de un expendedor de papel higiénico en la segunda sala.

 La risa no deja de marcar un carácter íntimo y personal que parece fragmentarse en el tercer espacio con Sueños inclinados. La más reciente de todas las obras de la exposición es también su culmen lógico: está formada por seis estructuras longitudinales inclinadas que representan las exposiciones de la artista en Soledad Lorenzo. Pero su inclusión parece demasiado forzada. Merece la pena que el visitante aparte los ojos de la luz natural que baña el plástico metalizado y se interne en el despacho de la galerista, charle con ella y acabe finalmente en la cuarta sala de la exposición. Descubriendo agachado la fotografía asociada a una pequeña silla de metacrilato. Preguntándose si los círculos que llenan toda la muestra tienen una mística más fuerte al carecer en su mayoría de figuración. Reflexionando sobre si todo artista es capaz de desnudarse de esta manera. O si sólo lo hace por un motivo verdaderamente especial.

4016 caracteres (con espacios).

La obra de Victoria Civera (Port de Sagunt, 1955) es una de las más reconocidas del panorama actual. Nada más terminar sus estudios en la Escuela Superior de San Carlos de Valencia se traslada a Santander, para instalarse definitivamente en Nueva York a partir del año 1987 junto a su marido Juan Uslé. Exploradora incansable de los juegos del arte, desde la indagación en la mística del círculo hasta la presencia de la imagen de la mujer en gran parte de su obra.

465 caracteres (con espacios).



Julio Andrés Gracia Lana.

CORAZONADA DE VICTORIA CIVERA


VICTORIA CIVERA
CORAZONADA
Galería Soledad Lorenzo
C/  Orfilia 5 (Madrid)
28 de noviembre-29 de diciembre



        Corazonada es un torbellino anímico. La pausa y la calma en la galería Soledad Lorenzo se presentan como el ojo del huracán en la última muestra de Victoria Civera, reuniendo obras inéditas (al menos en el territorio madrileño) de los años ochenta en adelante. El recorrido en perspectiva por el espacio expositivo acompaña a una revisión temporal de la obra de Civera, quien demuestra una vez más su capacidad de reinventarse y de tirar del hilo de sus preocupaciones más íntimas. Lo femenino, lo maternal, lo cotidiano, lo social, lo actual, la casualidad y la experiencia íntima conviven en esta peculiar retrospectiva, guiando el camino de lo pictórico a lo objetual.
     El blanco y negro desata un regreso hacia el pasado: a esa época iniciática y misteriosa donde Civera explota los medios pictóricos y los condensa en piezas pequeñas, donde empieza a observarse el cambio de aquel estudio del 147 de Broadway. No es casual que la muestra se inicie precisamente con el cambio que supone su llegada a Nueva York; de este modo, la galería se convierte en un túnel del tiempo desde el que contemplar cómo el arte se convierte en un juego personal, de significados múltiples, donde el principal objetivo consiste en seguir los deseos y los impulsos artísticos.
      El enigma monocromático y depresivo, en el que el dibujo cobra una gran fuerza plástica, permite hablar de las sensaciones  donde se mezcla lo cruel con lo cotidiano en una suerte de neoexpresionismo angustioso, pero que no se diluye del todo con el paso a la experimentación. El círculo comienza a ganar protagonismo como forma cargada de contenido, como universo personal que concentra todas sus emociones más íntimas, a medio camino entre diana sociológica y matriz de lo que está por venir. El objeto se abre paso, no al estilo de los ready made duchampianos, sino con un deje personal que genera significados íntimos: afloran los recuerdos de la infancia y la nostalgia del pasado, pero también el interés por el presente; lo textil, ya sea cosido, relleno o simplemente pespuntado o sujeto por alfileres, crea un nuevo ritmo, de manera que lo cotidiano se reviste de nuevos significados; las cajas de madera se convierten en contenedores enigmáticos sobre los que descansan, como si se tratase de algún descuido, otras piezas de pequeño tamaño. Civera se muestra como una personalidad poética, capaz de afrontar su historia personal a través de una estética propia, pero también se define como mujer en el mundo contemporáneo, alternando lo familiar, lo sexual, lo social y lo político, sin otra militancia que su experiencia personal. La importancia del espacio como lugar de exposición muta a través de la interrelación de las obras: las más herméticas enfrentadas a las más expresivas; la pintura en relación con el volumen, las superficies lisas que hablan a través de la textura frente a las preocupaciones por el mundo actual.
     Desembocando en la pieza Sueños Inclinados, el espectador sólo es consciente de una sensación de continuidad, donde el blanco y negro han sucumbido al juego cromático, y lo objetual es más cuidado; las superficies pulidas nos devuelven la mirada en los juegos de volúmenes, y la óptica de los espejos nos cuestiona sobre la realidad que vemos. Si la primera sensación que se tiene al entrar en el ojo del huracán es la de estar invadiendo un espacio privado, el extrañamiento permite un doble juego con la obra. Por una parte, Civera parece estar desnudando su universo sin acabar de mostrarlo todo, haciendo que el espectador tenga que asomarse y comparar sus experiencias con las de la artista, como en un juego de espejos.
     En esta muestra, Victoria Civera ha dejado de lado esa ironía tan propia de su trabajo para establecer un momento emotivo, que no sólo permite al espectador revisitar su trayectoria artística, sino que también abre un camino más intimista y poético, revelando instantes concretos a través de la obra. Como si quisiera decir que las corazonadas también tienen forma.

Victoria Alonso
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Victoria Civera (Puerta de Sagunto, Valencia, 1955) es una artista consolidada a nivel nacional. Tras estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos de Valencia inició su periplo artístico, que la llevó primero a Santander, y después a Nueva York, donde se afincó en 1987. Además de sus numerosas exposiciones en España y en EE.UU. ha participado en varias galerías europeas. En 1993 recibió el Premio Ojo Crítico a las Artes Plásticas. 

12.03.2012

Poética del cotidiano femenino

VICTORIA CIVERA CORAZONADA

28 de noviembre de 2012 - 29 de diciembre de 2012

Galería Soledad Lorenzo, Madrid









Victoria Civera (Port de Sagunt, 1955) estudió Bellas Artes en la Escuela Superior de San Carlos de Valencia. Al finalizar colabora con Juan Uslé, su actual marido, alternando fotografía, fotomontaje y pintura. Recibirá varias becas a principios de los 80 que le permitirán exponer sus obras en espacios como el Museo Municipal de Santander. En 1987 se instala en Nueva York, ciudad donde hoy continúa su actividad artística en un estudio de Manhattan. 

La presente exposición, como bien índica su título, es una corazonada de Victoria Civera que recoge objetos, dibujos, pinturas e instalaciones realizadas desde finales de los años 80 hasta 2012, donde se aúnan el misterio, lo onírico y lo personal entre la abstracción y la figuración. Se trata ya de la sexta exposición individual de la artista en la conocida galería de Madrid Soledad Lorenzo, la cual cerrará sus puertas después de 26 años al finalizar dicha exposición, hecho que alude al afecto de la galerista por esta artista.

Las obras se dividen en cuatro salas. En la primera de ellas encontramos 49 dibujos al carboncillo, acuarela y tinta, un pequeño taburete, lienzos con formas abstractas y colores fríos y otros objetos.  Los dibujos son diversos: retratos, autorretratos  quizá, escenas eróticas mezcladas con otras de índole infantil que nos evocan el cuento de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carrol. Todos parecen hablar un lenguaje secreto, íntimo y enormemente subjetivo, dotándolo a su vez de una atmósfera fantasiosa. Debajo de los dibujos el taburete nos da una pista pues se titula “Mamá está en casa” y es que Victoria además de artista es madre y ello se ve reflejado en sus obras. No obstante, también parece hablarnos de la mujer y su sexualidad. A la derecha, los cuadros matéricos con la figura del círculo como predominante nos trasladan a su primera época en Nueva York (finales de los 80-principios de los 90). Su abstracción y reductivismo formal que se acerca al minimalismo de los años 60, también parece contener mensajes ocultos y la misma abstracción es utilizada como forma poética de expresión. Expresión y confesión de sus emociones y sentimientos.

La segunda sala contiene dibujos, pinturas y objetos realizados con materiales industriales y cotidianos. Los dibujos sobre papel negro representan la figura del encapuchado sobre un pedestal que tanto se extendió a modo de graffiti o cartel en las calles de Estados Unidos como protesta política. La artista va empequeñeciendo esta figura a lo largo de sus dibujos y la convierte en el juguete de un niño, suprimiendo el dramatismo. Por otra parte, las pinturas de nuevo abstractas y con la presencia del círculo, quizá representación de su círculo vital y una pintura que nos hace recordar el paisaje romántico y sublime de Friederich, en el que la artista parece soñar. Además, algunos objetos y lienzos están hechos con tejidos, dándoles un carácter táctil, sensitivo y femenino.

En la tercera sala nos sorprende una obra de gran formato que se titula “Sueños inclinados” y está realizada en madera, acrílico y láminas de aluminio. De nuevo nos remite a ese mundo onírico y de fantasía, aunque también nos deja perplejos en cuanto a su tamaño, colores y uso de materiales industriales, que nada tienen que ver, aparentemente, con el resto de sus obras, modestas y cotidianas. En las paredes, dos lienzos circulares negros, también de sus primeros años en Nueva York, uno de felpa y otro de cera y pigmento.

La cuarta sala, en la planta de abajo, contiene dos lienzos, uno rectangular y otro circular, abstractos y oscuros, y una pequeña silla de plástico, madera y tela que se titula “Castigada”, ¿referencia a su infancia? ¿A su hija? Pero contiene algo más: una fotografía en blanco y negro apoyada en el asiento que parecen representar piedras. Un mundo ya que se nos escapa del entendimiento, demasiado personal.

Un mundo interior, el de Victoria Civera, lleno de contrastes, en el que todas sus obras parecen estar relacionadas entre sí y podemos ver en ellas sus estados anímicos y vivencias personales: el silencio, el misterio, su soledad y sus temores, la fantasía y evocación de la niñez, sus sueños y, al mismo tiempo, su papel como mujer, la feminidad y la sexualidad dentro de sí misma. En definitiva, obras que, tal vez, utiliza a modo de terapia y en las que no tiene miedo de mostrarse desnuda, dejando ver su universo íntimo y cotidiano. Una corazonada de la vida misma. 

Desirée Martínez



11.27.2012

La interactuación con el espacio. Julio Gracia.


Heimo Zobernig.
Palacio de Velázquez. Del 9 de Noviembre de 2012 al 15 de Abril de 2013.
Organizado por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) y la Kunsthaus Graz.
Comisariado por Jürgen Bock.

La interactuación con el espacio:

 El Palacio de Velázquez se ha convertido en las últimas semanas en todo un viaje al mundo escénico. Como si de figurantes de un espectáculo dramático se tratasen, distintas obras danzan en el espacio e invitan al usuario a constituirse como uno más dentro de la compañía artística. No es de extrañar que Heimo Zobernig estudiase para las tablas antes que para los lienzos, para las artes escénicas antes que para las plásticas. Y no debe extrañarse tampoco el lector por el uso de la palabra “usuario” en detrimento de la de “espectador”. A pesar de las metáforas, la propuesta va más allá de la mera representación. No se crean escenografías vacuas de asientos y espectadores, sino una intervención viva, abierta a todo aquel que quiera participar en ella.

 Las propias bóvedas del palacio constituyen una parte más de la muestra comisariada por Jürgen Bock. Una completa retrospectiva a través de pinturas, esculturas, vídeos e instalaciones que transmiten, incitan y acaban obligando al movimiento.

 La insinuación más clara viene de la mano de dos grandes esculturas, cuyo contraste resulta poderoso al quedar definido en varios niveles: forma o volumen (cubo y poliedro hexagonal) y material caravista, con el consiguiente contraste cromático entre metal y madera. Apuesta minimalista, materiales deleznables: el         acero parece herrumbroso y la madera forma el armazón del poliedro, cuyas caras se configuran gracias a una red de yute, apenas sustentada por grandes punzones de hierro. Las huellas del armado de las piezas conviven perfectamente con la rúbrica del artista,. Resulta muy expresivo que apenas haya distinción tipográfica entre ambos elementos.

 Un mayor contraste se establece entre las esculturas y las pocas paredes que las rodean, aprovechadas para mostrar el talante inacabado que constituye carta de naturaleza de la muestra. Los tonos azules del papel de uno de los muros ensombrecen al beige del perpendicular. Papel mal alisado y un telón -una sábana cabría decir- forman la base de los colores y se acumulan de modo sobrante en la parte inferior de las paredes. Los lienzos dispuestos por encima y las ironías textuales que acogen acaban de completar la dinámica composición.

 Pero hablábamos de “usuario” y de integración. Desde luego, este hecho va más allá de la simple alineación de éste como sujeto acreedor de los contrastes entre las piezas. La implicación con ellas puede ir más lejos y se demuestra en las tres salas que, de forma concatenada, presentan al visitante distintas dificultades visuales: se enfrenta a una figura negra que ocupa la práctica totalidad de un pequeño habitáculo, a una moqueta de color oscuro manchada por las pisadas de los visitantes o, entre medio, a un banco inserto en un conglomerado de madera, semejante a los restantes que ocupan la exposición. Sin embargo, no recomendamos al lector que se integre en exceso con esta obra, a riesgo de recibir una amonestación por parte del personal de la sala.

 De modo simétrico y también con un marcado componente lúdico, otras tres intervenciones se disponen en el extremo posterior del edificio. Paneles de aluminio reflejan en dos muros las imágenes de todo aquel que entra y, por extensión, de aquello que se encuentra detrás de él. La sala se encuentra perfectamente iluminada y forma  pendant con otra situada en el lado contrario. El espacio se llena por una única pieza cóncava, constituida por conglomerado y pintura blanca. Entre ambas propuestas se distribuyen toda una serie de mesas de pie único rematadas con una superficie pictórica de distintos colores. La menor luminosidad de esta sala hace que el cromatismo de la superficie quede algo indefinido. No sabemos si nos encontramos ante rojos o magentas, naranjas o marrones.

 Un pasillo formado por los muros de la anterior exhibición sirve como principal nexo de unión entre todas estas intervenciones. Paredes maltratadas que muestran sus heridas cobijan a toda una serie de pequeñas esculturas, una vez más de varios colores y formas contrastadas. Pasos de blanco a negro y leves transiciones de grises conviven con la ironía suprema de la exhibición: una escultura formada por rollos de papel higiénico. La ironía no la constituye la escultura en sí misma, sino la tremenda importancia que parece tener su elevación en un alto pedestal, del que todavía se mantienen las agarraderas que pudieron permitir su transporte. Del mismo modo, se mantienen caravista los andamios que sustentan tres grandes paneles constituidos por letras en las que se ha subvertido el orden y disposición. Relativamente escondido, un tercer lienzo se compone con cristales de Swarovski que chocan con el tono negro de uno de los espacios más interesantes de la exposición.
                                           
 No puede existir un teatro sin telones, de ahí que Heimo Zobernig haya preparado en la zona central del espacio toda una serie de cortinajes negros que acogen varias pinturas monocromas en blanco y negro. Tan solo dos pantallas de proyección se atreven a romper el ritmo. Una vez más se buscan finos contrastes de color y, también una vez más, se juega gracias a eso con la percepción visual del espectador. La artimaña se acrecenta con la creación de un espacio de grandes dimensiones, algo apartado dentro de la muestra, donde un cortinaje rojo permite el acceso a una sala con un proyector. Entrar dentro supone dejarse llevar por un trompe l´oeil audiovisual perfecto.

 Sin embargo, esta consideración de las obras como un crisol de interacciones no debe llevarnos a pensar en ellas como carentes de sentido por si mismas, ni tampoco en Zobernig como un artista poco interesado en su propia retrospectiva -el número de obras y la gran cantidad de préstamos por parte del mismo para esta exposición dan buena muestra de ello- o en la consideración de todo lo expuesto como una mera escenografía. Es obvio que cada pieza puede ser autónoma, pero en este caso ceden parte de su independencia en beneficio de un conglomerado de mayor trascendencia. Todo tiene su papel en el conjunto expositivo. No se trata de un monólogo ni de una obra coral -de la que, de hecho, habrían faltado voces por reseñar en este comentario- sino de una propuesta en la que se encuentra el propio espectador. El usuario que, remitiéndonos de nuevo al principio, no ocupa la butaca sino que interviene. Como uno más.

Julio Andrés Gracia Lana. 

Heimo Zobernig en el Palacio de Velázquez.



Heimo Zobernig. Del 9 noviembre de 2012  al 15 abril de 2013
Palacio de Velázquez, Parque del Retiro (organiza Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y Kunsthaus Graz). Comisaría: Jürgen Bock


Heimo Zobernig ocupa el espacio del Palacio de Velázquez en El Retiro con una exposición que reúne algunas de sus piezas creadas entre los años 90 y la actualidad.
Entre ellas varias pinturas monocromas, esculturas, instalaciones y una proyección, consiguiendo así crear un ambiente distinto, muy minimalista y jugando con la riqueza-pobreza de los materiales.
Entre las obras expuestas hay una clara preferencia por el soporte bidimensional a través de una serie de pinturas en las que predomina el monocromo. En la entrada de la exposición nos encontramos con dos grandes estructuras, una de acero (cubo) y otra de madera con yute (prisma octagonal) a modo de grandes espacios cerrados pero que permiten ver su interior, en una especie de ejercicio de repensar los lugares y su dimensión interna; frente a estas se disponen varias pinturas de un único color y con grafía sobre el lienzo: óleo y acrílico de azul intenso con palabras como “Monochrome”, “Fuck painting sculpture” o “Financial trans action tax”. La disposición de estas mismas piezas resulta interesante al encontrarse sobre un fondo azul de papel, apenas colocado o sugiriendo la sensación de estar a medio acabar. Esto mismo ocurre con una pintura monocroma negra sobre una gran tela blanca que cae sobre la pared. El artista juega con la disposición general del muro y su concepción como cubo blanco a través de papel de color o con la tela blanca que cae. Aunque a lo largo de toda la exposición es manifiesta la ausencia de imagen figurativa, resultan visibles algunas ideas que Zobernig transmite a través de las piezas: en estas tres el mensaje se traduce en una crítica al sistema del arte y al funcionamiento de este que clasifica y pondera las obras según el valor económico de sus materiales o el nombre del mismo artista.

En el caso de las esculturas hay un predominio por el uso de materiales perecederos como madera, cajas de embalaje o contrachapado. Zobernig utiliza el color y el soporte como una herramienta de reflexión en todo el discurso expositivo: se alternan piezas escultóricas de cartón con grandes pinturas de colores vivos y con letras de gran tamaño.
Las pequeñas piezas de cartón se disponen unas tras otras en un reducido espacio y se muestran  pintadas en alguna de las caras o en todas, contrastando los colores negro-blanco o brillo-mate. La presencia del artista, aunque se encuentre físicamente ausente, resulta paradigmática en muchas de las obras, especialmente en uno de los lienzos en blanco que se sitúa junto a estas esculturas; es una pintura vacía de figuración pero cargada de significado, donde destaca la manipulación física de la misma, la huella de la mano, la suciedad del traslado, la presencia de la ausencia.
La plasticidad del medio no queda relegada a un segundo plano por el uso de elementos como el cartón, sino que a través de este se consigue una gran visualidad y movimiento, como la escultura con rollos de papel higiénico cuya combinación genera una sinuosa estructura de gran amplitud espacial.

Esta exposición convierte todo el recorrido en un paseo introspectivo, a modo de sala de juegos en la que el visitante recorre distintas estancias; una de ellas ocupada por una proyección estática de líneas de color que caen verticalmente ocupando toda una pared. Otra gran sala se encuentra ocupada por dos espejos: uno opaco, otro nítido; un juego de imágenes, poder ver y no ver correctamente. Y tras esto una pequeña sala donde una instalación de piezas en vertical, culminadas por un tablero circular, a modo de bosque escultórico, nos obliga a movernos entre estas, rodeándonos los distintos colores de las obras.
Es también constante el uso de las formas geométricas euclidianas en las piezas: grandes cubos, semicírculos, circunferencias, prismas, cilindros… que no hacen sino reforzar esa visualidad de lo minimal, especialmente en la escultura.
Grandes composiciones que crean transiciones irreales, como una gran plataforma de aglomerado que sustenta una mesa de madera y una escalera que no lleva a ninguna parte.
Es una invitación a la fantasía, a convertir al espectador en una parte integrante de la muestra, capaz de crear su propia mitología de significados en torno a las piezas.

La exposición cuenta con un espacio central especialmente acondicionado con cortinajes negros que alberga en su interior una serie de lienzos monocromos en blanco y negro.
Son estos dos colores reiterados, como una forma de reflejar lo aparentemente difícil de combinar los opuestos; esta es una visión que se transmite en todo el planteamiento expositivo: la idea de que lo precario, presente en casi todos los materiales, es fácilmente salvable a través de un uso inteligente del color y los medios plásticos, más allá de la riqueza o no del soporte.
No son sin embargo obras tomadas a modo de readymades sino que lo interesante de la creación estética de Zobernig es su capacidad de darles un nuevo significado no tanto a las piezas en sí, como ocurría con el objeto duchampiano, sino combinar materiales cotidianos para crear formas y composiciones que generan nuevos conceptos estéticos más allá del soporte. Podríamos calificarlo de un reciclaje de lo ordinario a través de lo artístico.
El planteamiento del artista es también la ruptura disciplinar y jerárquica entre los distintos soportes: escultura, pintura, instalación, proyección…se combinan aquí sin medir diferencias, sin distinción en cuanto a materiales y configuraciones formales, creando todos un conjunto estructurado y homogéneo que reitera la idea de romper con lo elitista en el arte, especialmente lo que se refiere a su creación, con materiales “pobres” sin renunciar a conseguir un discurso teórico coherente y una organización expositiva pertinente. Frente a una escultura tradicional en mármol, aquí es protagonista el cartón.
Zobernig cuestiona en esta exposición la necesidad de pensar un diseño expositivo acorde a unas determinadas obras y el valor que estas tienen por encima del soporte utilizado en su creación. Sus piezas, dispuestas aquí como en un parque museológico, consiguen crear un clima de comodidad visual en todo el recinto, precisamente por lo minimalista de la disposición general de la muestra, la falta constante de una figuración clara y el uso de lo precario como posicionamiento crítico.

Semíramis González.


Caracteres: 6300.

Heimo Zobernig


En el Retiro, encontramos el Palacio de Velázquez, cuyo decimonónico interior, hoy blanqueado, alberga la exposición del internacional artista austriaco Heimo Zobernig (Mauthen 1958). Retrospectiva organizada por el Museo Reina Sofía, y que podrá visitarse hasta el 15 de abril del 2013.


La distribución de las obras, que van desde mediados de los ochenta hasta la actualidad, se dispone en este caso de forma peculiar, ya que la articulación de la “gran sala principal” (sustraída de sus tabiques originales), se parcela con telones y una gran estructura metálica, creando un nuevo espacio, o espacios arquitectónicos, de carácter efímero. También es de destacar, en lo que al montaje expositivo se refiere, la relación que guardan las piezas con el contexto estructural del lugar, con el que en determinadas ocasiones interactúan, mientras que en otras casi pasan a formar parte de él. En una exposición de corte minimalista en la que la escasez objetual no es precisamente el hilo conductor de la misma.
Re-componiendo a grandes rasgos mi caminar por el espacio, destaco unos lienzos cuadrangulares nada más entrar a mano derecha. El primero presenta una dicotomía o especie de debate entre líneas curvas que forman una gran maraña, y otras rectilíneas, que subdividen ciertas zonas del espacio pictórico a modo de cuadrícula. Todo ello manifestado con azules ultramar, verdes vejiga, negros y blancos en cuya factura apreciamos el uso de la brocha o la espátula como elementos de ejecución. Seguido de un tríptico de reminiscencia monocromática, en él que azul Klein se hace notorio, bajo diversos compuestos pictóricos como son el acrílico o el óleo. Apreciando sutilmente entre la región plástica una serie de palabras espetadas casi como enunciado artístico-político: “FINANCIAL TRANS ACTION TAXI”, “FUCK PAINTING SCULPTURE” y “PAINTING PAINTING PAINTING MONOCROME”. Tras descifrarlas e intentar dilucidar aquello que nos quiere contar el autor o por otro lado lo que nos evoca, caemos en la cuenta de que no estamos observando unos meros cuadros, sino que el papel de embalaje (de azul más claro) sobre el que se encuentran, hace que las propias pinturas se integren, volcándose a ser instalación. Discurso que veremos repetido en la retrospectiva con pequeños matices.
Sin quererlo, la vista se vuelve hacia dos grandes piezas que se situan próximas al centro del espacio. A la izquierda un gran contenedor; interesante a tener en cuenta metalingüísticamente, pues considero que el contenedor y el continente, así como el significante y el significado son aspectos fundamentales en el discurso de esta exposición. Un grandilocuente archivador de lienzos vacío. Jaula metálica de grandes dimensiones, que sellada, se exime de su función, haciéndose aquí presente la materialidad de la ausencia.
A su derecha, una construcción poliédrica (24 caras) de similares dimensiones conformada a partir de múltiples bastidores que sustituyen el lienzo por arpillera, que sorprendentemente traslúcida nos permite dilucidar las partes de la pieza que se ocultan tras ella. La estructura de madera queda al descubierto. Aquello que siempre se tiende a ocultar. El dentro y el fuera, lo que se puede ver, pero a cuyo interior no se puede acceder.
Por primera vez salimos de la “gran sala principal” y nos introducimos en una de la habitaciones, blanca, blanquísima, en la que destaca el color del suelo compuesto por una moqueta marrón oscura, pintada con acrílico. Si nos fijamos, apreciamos diferentes tonalidades provocadas por el desgaste con el paso de los visitantes sobre la obra. Elemento heraclitoiano, en continuo cambio, en la que el espectador interviene la pieza contribuyendo a su modificación o bien visto de otro modo, a su degradación progresiva. Gran umbral de una habitación reducida, con un intenso olor a madera, donde se instala una pieza formada a modo de puzzle por varios tableros de aglomerado, que juegan con el lleno y el vacío, y que se instalan o se acoplan a uno de los bancos blancos de la exposición, a modo de gran Ready-made industrial-minimalista. Aquí se ve la mano del hombre y su forma de alterar la naturaleza y sus productos. Como también lo apreciamos, volviendo al “espacio central”, en la gran pieza-muro, a la que llegamos, tras haber observado la sala de la videoproyección silenciosa, que simulaba las propias cortinas-telón rojas, que habíamos atravesado para situarnos en el interior de ésta y en la que la única alteración del “estático” discurso lo provocaban las sombras de los visitantes. La gran pieza, formada por paneles de aglomerado, aunque recubierta con pintura blanca, nos deja ver su ensamblaje, mientras separa del resto de la sala a varios cuerpos geométricos en la línea del gran cubo negro (pero en versión reducida) que ocupa casi todo el espacio de una de las salas en la que es presentado. Cubo, ortoedro y cilindro, pintados de blanco y/o de negro,  muy satinados, nos permiten vernos reflejados, así como enmascarar su naturaleza endeble de cartón. Siguiendo este uso casi póvera o de residuo industrial, la obra que llama nuestra atención a continuación, que conforma una especie de maraña creada a partir del ensamblaje de múltiples rollos de papel higiénico, sobre un contenedor industrial de madera, podemos decir que es un ejemplo bien representativo.
Llegamos al “último trayecto”, en mi opinión de menor interés, con otra estructura metálica, que tiende a la forma cúbica y que sostiene tres lienzos, dos de ellos sobre los que se inscriben letras y otro con una nebulosa de cristales swarovsky. Para pasar a la última sala con planchas de espejo y su contigua, con una pieza semicircular que juega con la visión y la perspectiva. Para finalizar, tras una instalación “figurativa”(todo ello en la “sala principal”), en el espacio de telón negro comentado al principio con cuadros monocromáticos en su interior, de los cuales sólo en dos de ellos apreciamos el rastro del elemento con el que han sido pintados. 
En lo referido a la iluminación, es bastante apropiada y suficiente para la correcta observación de las piezas, pues la gran luz natural que entra por las cristaleras, sirve de relleno a las luces artificiales que actúan como principal. En el único lugar que esto no se cumple, es en el espacio telonado, en el que la luz natural es la principal y por tanto las calidad lumínica varía en función del tiempo.
Y aunque el discurso del artista parece esbozarse de forma clara, nos quedamos como el enunciado de toda cartela de la exposición “sin título”. Relativamente fríos y con el alma aséptica, aunque el cerebro haya quedado más o menos satisfecho.

Diego Mayoral

Heimo Zobernig


Diana Cuéllar Ledesma

Tan juguetona como mordaz, la iconoclastia de Heimo Zobernig (1958) es un respiro en medio del arte tan aburridamente académico e hiperteoretizado que cada vez más invade museos, galerías, ferias y demás espacios de arte contemporáneo. Su muestra personal en el Palacio de Velázquez reúne su obra más reciente en un maridaje óptimo entre poética de artista, espacio de exhibición y contexto, pues establece un continum con el espíritu de “recreo” del parque del Retiro.

No se trata, sin embargo, de lo que cómodamente podríamos llamar “un recreo para los sentidos”. Lejos de fácil o ilustrativa, la de Zobernig es una poética de profundo rigor estético y crítico que interpela inteligentemente al espectador. Su lenguaje plástico se estructura como una gramática de objetos, presencias, colores, texturas, volúmenes y formas en un enclave de perspicaz austeridad y economía de medios.

Desde sus inicios en la década de 1980, este artista austriaco ha trabajado con una diversidad de medios, como pintura video y performance. Su búsqueda es la de nuevas experiencias estéticas y la exploración semántica con el reducido vocabulario del color y la forma en sus estados más puros: líneas rectas, formas básicas, monocromía con la paleta primaria, materiales sencillos y sobrios.

Como en la cocina típica adoptada por la nouvelle cuisine, el éxito de la muestra no radica en tener nuevos platillos o ingredientes (en resumen, sólo se trata de pinturas monocromáticas, esculturas e instalaciones), sino en la sofisticación y variación de su procesamiento, así como en su presentación final. Sus posibilidades tropológicas no radican en las obras tanto como en la forma en que se articula su presentación en el espacio. La sutileza e inteligencia del montaje y la curaduría, a cargo de Jürgen Bock, es tal, que la exposición en su conjunto puede considerarse como una macro instalación transitable. Sin muros temporales dividiendo el espacio, la articulación de este, en una nave central y seis periféricas, se logra a través de los objetos y el color mismos.

En la sala central resaltan dos esculturas grandes. La primera (sin título, 2012) consiste en varios bastidores que forman un diamante. Es orgánica en sus materiales, yute y madera, y rígida en su forma. Contrapone así el hedonismo sensorial al carácter racionalista del geometrismo y la escultura minimalista. La segunda es una reja negra gigante, cúbica, con varios módulos: no encierra nada y tampoco se puede entrar en ella, semeja al Impenetrable de Mona Hatoum y a los penetrables de Rafael Soto. En realidad, toda la obra de la muestra es un cuestionamiento al minimalismo, el constructivismo y la abstracción geométrica. Así, prevalecen el color y la forma como presencias, gestos. También en la sala central, un grupo de pinturas (sin título, 2010) monocromáticas en azul hacen referencia a la pintura monocromática y el Azul Internacional de Yves Klein. Las de Zobernig, sin embargo, se exhiben sobre telas del mismo color dispuestas de modo que caen desde lo alto del muro, sobre el que forman una cuadrícula; al caer, todavía enrolladas, cubren parte del suelo rompiendo con la división entre el espacio de la obra y el espacio del observador. El artista desestabiliza así el espacio pictórico llevándolo más allá de los límites del cuadro, y desborda el color dándole un carácter propio y no subalterno dentro de la obra: es un color como presencia y no como representación.

La cortina roja que se vislumbra al fondo de la sala puede jugar a ser una pintura, una tela sobre un muro o, lo que es, el acceso a una sala que alberga una instalación. Se trata de un espacio generoso en el que un proyector de luz refleja el efecto del drapeado de la cortina sobre un muro blanco frente al que todos los visitantes se divierten jugando a las sombras. Junto a la cortina, las cicatrices del muro de la sala, que otrora fuera enmendado para alguna otra exposición en el recinto, se muestran sin censura ante los ojos del visitante como si se tratara de una obra más de la muestra. Y es que para Zobernig el espacio no es sólo el receptáculo de la exposición, sino parte activa y constituyente de ella. Al salir por la cortina roja, un pequeño espacio entre la sala central y el muro “herido” expone esculturas que son tubos de cartón a nivel de piso, en la más clara línea con la escultura minimalista de los años 60. Sólo una de ellas de yergue sobre un pedestal, es la que está hecha con tubos de cartón de papel higiénico.

El recurso de los materiales corrientes y estandarizados también juega picarescamente con los íconos del arte moderno. En el ala derecha, otra instalación, que simplemente consiste en cubrir el suelo de la sala con una alfombra pintada de negro, hace una clara referencia a las pinturas abstractas de Ad Reinhardt, y un enorme cubo de cartón negro se expone en el cubo blanco de la sala contigua. Otra sala alberga una instalación modular hecha con madera. Tiene una banca en el centro que obliga al espectador a la cuestión final: ¿podemos sentarnos? Así, la eterna discusión de la funcionalidad de las artes queda expuesta de una manera jocosa y aguda. No es “sólo lo que ves” según afirmara Frank Stella, también sirve para algo. Una vez más, Zobernig introduce un guiño irreverente a las dinámicas del arte y sus efectos auráticos.

Por la izquierda, dos instalaciones más: la primera, un muro cubierto con espejos; la segunda, grandes carretes de cuerda dispuestos en la sala (parecen mesas muy altas, pero son solo objetos). Al salir, hacia la nave central, hay una instalación consistente en una plataforma de madera con una escalera que no lleva a ningún lugar. Junto a ella, una nueva cortina, esta vez negra, circunda –crea– un espacio en el que se exhiben cuadros blancos. La cortina establece un muro de tela que es tan frugal como efectivo en su generación de espacio y modularidad.

La exposición, en suma, critica, cuestiona, indaga, explora, recapitula, juega y subvierte la lógica de los momentos históricos del arte a los que recurre como fuente primaria, pero, finalmente, se inscribe dentro del corte epistemológico inaugurado por ellos: un arte generador de realidad que provoca los límites y convenciones de la percepción, un desafío estético en todo su sentido.

Fechas: 9 noviembre de 2012 - 15 abril de 2013
Lugar: Palacio de Velázquez, Parque del Retiro
Organización: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y Kunsthaus Graz
Comisariado: Jürgen Bock